Alejandro Flores

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8.12.08

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México estúpido y violento


La violencia de nuestros días es una violencia vacía, sin sentido, alimentada por un Estado de montaje maniqueo y por una lógica del deseo exacerbado y ligereza de pensamiento.


Este fenómeno lo registran innumerables obras narrativas que retratan sociedades violentas y degradadas como la nuestra, el México de los miles de ejecutados que se contabilizan como en película de acción; la cifra oficial del año, más de 4,000 y casi 800 en octubre, parecería tomada de Hot shots!, la dominguera parodia hollywoodense protagonizada por Charlien Sheen a inicios de los 90.


Pero más allá de parodias, los sicarios, dealers, delincuentes, jóvenes de carne y hueso, no las caricaturas diseñadas por el poder político en sus millonarios spots televisivos, son resultado de la degradación social de países como el nuestro, sociedades que lo único que garantiza a estas personas, en su mayoría jóvenes, adolescentes e incluso niños, es maltrato, desprecio, sufrimiento y frustración.


Recientemente, el escritor mexicano Sergio González Rodríguez, publicó la novela El vuelo (Mondadori, 2008), en la que Rafael Asunción Vizcaya, personaje principal, es un joven que azarosamente se ve inmerso en el negocio del tráfico de drogas y poco a poco será rebasado de forma inconsciente por las prácticas al interior del mundo del hampa. No es del todo un hombre sin problemas ni meramente adaptable a las condiciones porque mantiene cierta reflexión, lo que lo hace conservar una parte importante de su dimensión “humana”.


Esta novela representa la interiorización individual de un drama social, y de una crisis global, hoy fuera de control. El drama de un individuo en específico que refleja la génesis de un problema mayor: una crisis cultural, una crisis de la civilización.


“En México se ha creado una narrativa en los últimos 15 años que describe episodios muy significativos de violencia; ha habido una explotación muy intensa del tema. Pero la mayoría responde a una inmediatez o a un registro meramente lingüístico. Pero yo creo que hay un drama profundo de la sociedad y de la cultura, de por medio”, dice Sergio González Rodríguez.


“Estamos llegando a una situación que la mayoría de la gente no quería observar pero que se veía venir. El índice de impunidad de los delitos en México es tan alto (99%) que ya no podemos presumir que vivimos en un Estado de Derecho o en una democracia, sino en una sociedad tremendamente corroída en sus instituciones políticas por la corrupción del narcotráfico”, agrega el escritor. La corrupción como norma de conducta en una sociedad que ha perdido todo sentido, toda lógica y toda posibilidad de entendimiento y solidaridad.


Sabemos que los sicarios son la base de la arquitectura piramidal del sistema de libre mercado pero no entran en la lista de los beneficiados por éste; por lo tanto no les queda de otra más que recurrir a la violencia física para sobrevivir y a la ilegalidad para obtener la movilidad social tan anhelada, sin importar el alto riesgo que corran.


Dentro de un mundo en el que la cultura del espectáculo, la seducción y el hedonismo son inevitables y el hambre aprieta, los sicarios se venden al mejor postor. Por eso, suscriben un nuevo pacto fáustico ante la inoperancia del contrato social enunciado por Juan Jacobo Rousseau, un pacto derivado del nuevo paradigma económico de libre competencia.


Dice Frederic Jameson, en su Lógica cultural del capitalismo tardío, que en los años 60 ocurrió una alteración al interior del capitalismo clásico que dio origen a una nueva lógica cultural, potencializada asimismo por dos fenómenos: por un lado, la conciencia sobre los límites de la explotación de la naturaleza y, por otro, la Revolución Tecnológica e Informática que provocó la aceleración del tiempo y la reducción de la duración en todos los ámbitos de la experiencia humana.


El fenómeno de la velocidad tan valorado en nuestros días ha tenido consecuencias enormes en nuestra forma de hacer civilización, de ser humanos, de entablar relaciones, de tener sueños, metas y aspiraciones. Como ejemplo pensemos en que para nuestros padres y abuelos, la duración y el compromiso eran valores, mientras que para los jóvenes, y sobre todo para quienes ahora son niños, las cosas no duran, el compromiso no existe.


Hoy se piensa que es mucho mejor mientras más nuevas sean nuestras relaciones, nuestros objetos, nuestras naderías, porque los objetos caducan pronto, es decir, no tenemos tiempo de sentir afecto por nada, dado que tal cosa toma tiempo. La lógica dice que pasemos a lo que sigue sin reflexión alguna, por lo que cultivamos en nuestras vidas, a cada momento y de manera reiterada e inconsciente, la indiferencia.


Por eso, nos vemos extraviados en patrones que nos resultan reprobables pero que a la vez nos resultan irrenunciables, como una obsesión parecida a la neurosis por lo superficial, la pérdida de las dimensiones de rigor intelectual y la muerte del pensamiento, además de un nuevo subsuelo emocional que promueve el culto por lo efímero y por la euforia, fenómenos adyacentes al consumo.


Ahí se inscribe el nuevo pacto, el pacto de los sicarios y traficantes del narco, quienes han dejado de pensar en el futuro para tratar de vivir en un ahora, un presente, peligroso pero en el que son amos y señores.


Y por eso surge una violencia “vacía”, propia de una realidad que parece haber rebasado la ficción y generada por un nuevo tipo de ser humano, del que dan cuenta la literatura y la narrativa de nuestros días, en los espacios relación y conciencias de personajes como Alexis o Wilmar de La virgen de los sicarios (Fernando Vallejo); Zé Pequenno y los demás niños y adolescentes de Ciudad de Dios (Fernando Meirelles); Octavio, y los demás apostadores de peleas clandestinas en Amores perros (Alejandro González Iñárritu); la ligereza mental del anónimo protagonista de la novela A wevo, padrino (Mario González Suárez) y la corruptibilidad de Rafael Vizcaya en El vuelo (Sergio González Rodríguez), por citar algunos ejemplos.


Si las antiguas sociedades jerárquicas oprimieron las fuerzas vitales a través de sus rígidos sistemas ideológicos y del aparato del Estado que los impusieron, las sociedades de hoy están perdiendo su vitalidad por medio de su hedonismo demasiado permisivo: todo es posible, aunque descafeinado y despojado de su esencia.


Así, nos podemos explicar el anything goes, el ‘todo se vale’, el ‘todo se puede’, visible en estas narrativas, que es la ley en esta nueva configuración del espacio urbano, marcado por luchas clandestinas; disputas por el poder delictivo en una zona específica; matanzas entre sicarios por las plazas de distribución de estupefacientes.


Narrativas que reflejan las contradicciones internas de nuestros países latinoamericanos, contradicciones dentro de las que es posible encontrar la más rampante desigualdad, caldo de cultivo perfecto para la envidia, la resignación, la desesperanza, la venganza, la justicia por propia mano, la inseguridad, el miedo, el resentimiento social, y la eventual violencia vacía de nuestros días.


Y además todos esos personajes son de alguna forma víctimas: de la violencia, a menudo de su propia violencia; de su entorno social; de la pobreza e incluso de la riqueza; víctimas de sí mismos, de sus sueños, de sus engaños y autoengaños; de su modo de vivir

Por eso para muchos escritores, una de las pocas herramientas que continúan alimentando la empatía en nuestros días será la literatura de ficción “que intenta ser realmente profunda”, como dice Jorge Volpi.


La lógica neoliberal que envolvió y promovió el descrédito de la solidaridad para promover el de la competitividad a mansalva, aunado a la levedad en las relaciones y la ausencia de preguntas sobre la realidad, ha propiciado que “más que el egoísmo, siempre presente y ante el cual no hay nada que hacer, este ya no sea capaz de transformarse en una identificación con el otro” continúa Volpi.


El puente que nos comunicaba con los demás seres humanos es el puente que los sicarios de la vida neoliberal han venido a develar como imposible: el de una vida personal significativamente integrada en la vida comunitaria y en la historia, el del entendimiento y empatía entre los seres y el del peso del bien común por encima del interés personal.


Además, la muerte del pensamiento y el anquilosamiento y retirada al conformismo social enferman a las esferas intelectuales, los escritores canónicos, cada vez más apartadas de la sociedad real y haciendo de la literatura una mercancía más, elevando el libro al nivel de fetiche y perdiendo toda su densidad clásica, su materia: los temas se vuelven pretextos de ventas de acuerdo con la coyuntura.

Hoy en día, los temas de siempre, que son los temas viejos en una cultura que ha ennoblecido lo novedoso, se convierten en temas caducos. Lo trágico es que los temas de siempre, la materia del novelista, eran los sentimientos humanos, las experiencias personales de individuos reales ficcionalizados.


Entonces, la labor de denuncia producto de una indagación feroz sería una interesante apuesta para la literatura en sociedades como la nuestra: una inmersión profunda en la realidad, así como en los abismos internos y oscuros, las “potencias infernales” del alma humana.


De este modo, denunciar o mostrar sería la forma de “no ser ingenuos, lo que significa no creer que el mundo está dividido en buenos y malos”, como dice el también escritor mexicano Mario González Suárez.

Pero la ‘gente’ institucional, del poder, ha preferido la simulación, pensando que es mejor vivir en el engaño. Y han construido mentira sobre mentira, sin darse cuenta o sin querer hacerlo de que al alimentarla han llevado a la sociedad y han llegado con ella a un estado kafkiano de confusión y extravío.


Hoy en día la violencia es mecánica, falta de reflexión, vacía porque la forma de producir sociedad (capitalismo neoliberal) y de producir realidad (mass media al servicio del poder) ha privilegiado la ligereza mental y ha conducido al ser humano al conformismo televisivo. La violencia de nuestros días es vacía porque nuestros contenidos sociales, en tanto relaciones y estructuras mentales, son ligeros, fugaces y caricaturescos.


27.11.08

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Tecnocultura, de Naief Yehya

La nueva ópera es el videojuego



Los videojuegos son la nueva ópera porque conjugan varios elementos como acción, drama, narrativa, música y gráficos de una complejidad tal que el periodista Naief Yehya confiesa quedarse anonadado: "No puedo jugar, no sé en qué cabeza cabe crear esa complejidad", dice en entrevista al respecto de la publicación de su nuevo libro de ensayo Tecnocultura (Tusquets,$279) en el que reflexiona sobre cómo las nuevas tecnologías a una velocidad acelerada han modificado la forma en que el ser humano aprehende la realidad.


"Lo impresionante no es solamente la resolución, sino también que esos videojuegos son, la mayoría, hipercomplejos. Hay videojuegos que están creados de manera conductiva pero otros no, esos se disparan al infinito, de forma que no sabes hasta donde puedes a llegar, como el caso del videojuego Sim City que me parece maravilloso porque es un terreno que tú defines y no encuentras límites."


"Así como el cine empezó siendo un teatro filmado hasta que adquirió un lenguaje propio para convertirse en un arte, yo creo que estamos ante medios que están al borde de eso, que estamos viviendo ese momento fabuloso de transición y es un gran privilegio poderlo presenciar."


"Con la aparición de Internet se dio un regreso a la palabra escrita. La gente volvió a escribir, sobre todo los chavos, ya no por obligación de hacer la tarea sino por pura voluntad. Ellos empezaron a crear un lenguaje e incluso a desarrollar una especie de tipografía cibernética al crear nuevos códigos que se han vuelto universales. Nosotros, los más grandes, esto lo hemos visto con pavor y hemos dicho: ¡Es el fin de la cultura! ¡Se acabó la literatura! Pero siento que ellos están creando su propia cultura y literatura, están estableciendo nuevos paradigmas y qué bueno que sea así."


"Hoy en día, las generaciones más jóvenes simplemente tienen un mejor entrenamiento al respecto del multitasking, al respecto de vivir sumergidos en este estado de atención dividida. Ya la noción de enfoque que tienen es completamente diferente a la nuestra, por lo mismo se relacionan de forma diferente con la cultura y con las personas."

"Sin duda, esa condición de la atención dividida va a ser uno de los elementos principales de un nuevo hombre que parece confeccionarse en este inicio de siglo, un ser mediatizado que nosotros ya empezamos a ser de algún modo, aunque guardamos bastante nostalgia."


Los jóvenes están creciendo y cada vez más con una serie de tecnologías "incorporadas" a su cuerpo, como si fueran tentáculos. Las que en su libro llama "tecnologías transparentes", entre las que se cuenta los teléfonos celulares, ya indispensables para nosotros.


La tecnología se ha metido en la vida privada, hasta el espacio íntimo de los individuos. Yehya menciona en el libro, “Internet nos ha conferido un poder sin precedentes sobre la información pero a la vez nos ha convertido en sujetos permanentemente vigilados”.

"Además, el proceso tecnológico es complejo ya que por un lado existe un consumo feroz, y, por otro, una dependencia de lo que estos servicios nos proveen, generando adicción a ver el correo, las noticias, conectarnos al Messenger, actualizar nuestro Facebook", dice el entrevistado.


"Esta dependencia es una patología ya que afecta todas las relaciones que entablamos con el mundo y con otras personas."

"Sin embargo, tienes esta enorme riqueza que te ofrece el poder acceder a información y entretenimiento, y encuentras oportunidades de conocerte y desarrollarte que antes no tenías". Aunque, como acepta en el libro, actualmente "vivimos obsesionados por entretenernos hasta la muerte".


"A nuestro cerebro le gusta tener estos estímulos y qué mejor que dárselos, porque los estímulos también son aprendizaje. Quién sabe, a lo mejor las dos plataformas, la real y la virtual, son igualmente válidas y ¿por qué no? tal vez la virtual lo es más. Y si es así, cuando crees estar sometido, a lo mejor no tanto. Creo que también tienes una posibilidad para nutrir la ilusión y los estímulos."


"Debemos considerar que somos los animales que han creado tecnología y cultura y que nos hemos relacionado con estas desde que somos seres humanos porque el hombre no podía subsistir sin las herramientas. Pero cuando la tecnología se convierte en algo epidémico y epidérmico, es cuando nos convertimos en una sociedad tecnocultural."

Tecnocultura es un libro que intenta "combatir los prejuicios y exorcizar los fantasmas que elaboramos alrededor de las tecnologías. Lo cual es difícil de hacer, ya que en nuestra época, la tecnología se ha transformado en un fin en sí mismo, y ha perdido en parte la noción de utilidad para adquirir este elemento sexy, vanguardista, elegante, que denota estatus y poder y que todos queremos tener."



"Si bien la promesa de la tecnocultura ha sido desaparecer todas las dudas;en el fondo sabemos que las grandes respuestas siguen lejos de nuestro alcance."

13.10.08

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Los gérmenes del narco

El vuelo, de Sergio González




Las décadas de los 60’s 70’s marcaron el fin de una civilización revelado en un doble sentido: la conciencia ecológica en torno de los límites del crecimiento y la aceleración del tiempo aunado a la gran Revolución tecnológica.


Dentro de este doble fenómeno se iría perfilando la liberalización de los mercados, se diversificaría la producción de racionalidades, es decir, los puntos de vista distintos sobre la historia, además el avance de la globalización poco a poco borraría las fronteras, para generar ahora un nuevo modo de producir sociedad, marcada por el ritmo del poder militar de los Estados Unidos, es decir, una nueva etapa del capitalismo, más salvaje.


Así pues, en los 60’s-70’s el mundo experimentó un giro radical que marcaría el futuro de la humanidad, el futuro aciago al que en estas horas nos aproximamos con la total certeza de que es sumamente incierto, porque en la competencia especulativa de los mercados se marca el ritmo de las sociedades de nuestros días.


Un símbolo de esa transición de civilizaciones sería el Sputnik, que daría la vuelta a la Tierra por primera vez; otro símbolo es el crecimiento de actividades delincuenciales con alcance intercontinental, como el narcotráfico.


Y la aparición de nuevas categorías en torno de los inicios del neoliberalismo: liberación del individuo y atenuación del pensamiento, nutrimentos centrales del hampa y el crimen.

En esa coyuntura mundial es donde parte la historia de El vuelo (Mondadori, 162pp), la más reciente novela del escritor y periodista mexicano, Sergio González Rodríguez.


La novela cuenta la vida de Rafael Asunción Vizcaya, un joven que azarosamente se ve inmerso en el negocio del tráfico de drogas y poco a poco, sin darse cuenta, será atrapado por ese remolino ante el cual es impotente. Un remolino que también es una bola de nieve porque un hecho simple, una vaga concesión por parte de este personaje, lo convertirá en avalancha. Esa vida “cómoda” a la que habrá accedido, finalmente lo llevará a reaccionar de un forma violenta mostrándose así en su complejidad y amplitud netamente humana.


Rafael Asunción Vizcaya es un muchacho común y corriente, de 30 años, que le gustan los toros y el box, nunca ha consumido ni consume drogas pese a ser traficante de cocaína y su libro de cabecera se llama El despertar de los dioses.


En el desarrollo de la novela podemos descifrar un ambiente de negocios que se mostrará en su caótica red de interacciones, en las que se encuentran todo tipo de intereses, luchas por el poder, códigos de honor y traiciones, hombres poderosos y vasallos, países pobres y ricos, consumidores o productores, fronteras ficticias y degradación institucional, social y gubernamental. Algo que se parece mucho al México violento de nuestros días.


Si bien el narcotráfico es el sustento que da pauta a la obra, no es el único tema de la novela. El planteamiento de la misma es mucho más complejo, porque si bien es una crítica a la sociedad que desculpabiliza la esfera del placer y banaliza la reflexión en torno de los efectos de las drogas y es una crítica al poder que ha amparado al crimen organizado y facilitado el andamiaje de una delincuencia formalmente aceptada al interior del propio sistema, también es la interiorización individual de un drama social que hoy cobra particular vigencia.


Es el drama de un individuo concreto, con nombre y apellido, determinado hasta cierto punto por su entorno inmediato y por las condiciones que se ve obligado a enfrentar.


El drama interno de ese individuo concreto se revelará en su incapacidad para entender lo que está pasando a su alrededor, una especie de Joseph K pero que ahora hace las cosas por inercia, ya no es el individuo que se cuestiona para entender, es el hombre que no puede liberarse y se conforma con sufrir menos. Curiosamente él no se evadirá por medio de la droga. Pero sí será un facilitador de esa “dicha efímera y al alcance de la mano” (SGR, p25).


Sergio González, con El vuelo, aporta una reflexión no como pretexto coyuntural para buscar un impacto de ventas, sino como una necesidad de abrir todos los sentidos ante un fenómeno que si bien atenta contra la sociedad, es producto y resultado de la misma, de sus vicios y de sus deseos más oscuros, un tema de plena actualidad abordado de forma ejemplar.


Por eso es importante leerla cuando México pareciera estancarse en una barbarie maquillada en los noticieros de televisión que se encargan de montar la ficción que reduce todo a una simple lucha entre buenos y malos, la ficción favorita de melodramas y caricaturas.



Sergio González Rodríguez

El vuelo (2008)

Mondadori

224pp

$161.

27.9.08

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Elle Macpherson, ¿prototipo?




El 11 de septiembre pasado asistí al Fashion Fest 2008, en donde desfiló la top model internacional Elle Macpherson. Apareció acompañada de una de mis canciones favoritas de Blonde Redhead, 23.



Macpherson caminó con un glamoroso vestido gris sobre una pasarela acrílica. ¿Eses el sueño de todo adolescente? Tal vez sí, aunque no podría afirmar que de todo hombre.


Si bien, la modelo encarna la perfección del prototipo de belleza occidental y es casi seguro que uno como varón puede poner una cara de idiota, afortunadamente no ví la mía, únicamente se trata de una ilusión o el resultado de un mecanismo y técnica sumamente sofisticada para el logro de la plastificación de lo natural: comida sintética, químicos de todo tipo para contener el paso del tiempo, maquillaje, tratamientos corporales, etc.

Macpherson encumbra el prototipo de la belleza femenina del siglo XXI para el mundo de Occidente: una mujer arriesgada, segura, emprendedora, que se ha esforzado en lucir perfecta y lo pregunta porque la soberbia es una cualidad de nuestros tiempos.

¿Cómo me veo?, el slogan del evento, es casi de risa, pero es también un juego morboso, un juego que tiene que ver con nosotros mismos, con nuestras propias obsesiones y nuestra condición humana, pues todos somos proclives a deternos frente a un espejo, una y otra y otra vez para atender cómo lucimos. Unos más que otros, sin duda.
La carpa instalada en el estacionamiento de Liverpool Santa Fé nos dio una probadita de ese mundo tras bambalinas, misterioso y provocador que es el mundo de la moda: colores, aparadores y espejos dispuestos como en un palacio de vanidades, dieron la bienvenida a los asistentes.

Los principales medios que cubrieron el evento coincidieron en que se trató de una pasarela de talla internacional, a la medida de las grandes “capitales” de la moda como París, Roma, Londres y Nueva York, un espectáculo de muy "buen gusto" visual y sonoro.
Por la pasarela desfilaron más de 60 modelos vistiendo las tendencias de la moda para la temporada Otoño-Invierno: colores cálidos entreverados con discretos fríos, accesorios de sutil encanto, despliegue de ingenio en el diseño y atinada sensualidad tanto en tacones altos como en vestidos y abrigos con formas, estilos y cortes largos y entallados.

Las modelos, como siempre, fueron el símbolo ambivalente, por un lado el deleite pleno y por otro la consabida ilusión: son reales pero no tanto, se pueden ver pero no tocar, son bellas pero su belleza tiene un costo altísimo, y lo que conocemos de ellas es una belleza que en poco implica lo que son.

Mujeres hermosas, cuerpos perfectos y vestidos de primer nivel. Todo en una noche de sensualidad en el diseño y en la actitud. Sensualidad que nos embriaga. Sensualidad canónica, superficial, efímera, de idiotas para idiotas.

10.9.08

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Inmaculada barbarie


11/09: de Sarmiento a las Torres



El debate inaugurado a mediados del siglo XIX por el escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento en torno de la dicotomía Civilización y barbarie hoy se mantiene vigente, ya que ni el avance de las tecnologías o el progreso han anulado la crueldad salvaje. Un claro ejemplo es la tragedia de las Torres gemelas de Nueva York, ocurrida el 11 de septiembre de 2001. A continuación se presenta una reflexión en torno de este tema.


La construcción de la civilización fue la gran tarea asumida por el hombre moderno, desde la Grecia clásica, hasta las grandes revoluciones que cambiaron el rostro del mundo tanto en la forma de producir sociedad, Revolución Francesa e Ilustración, como en la manera de producir los requerimientos mínimos para hacer funcionar la totalidad de esa sociedad, Revolución Industrial.


Ese eje, Ilustración-Locomoción, ideas y técnica, se convirtió desde hace casi dos siglos en la fórmula que nuestra cultura adoptó para autonombrarse y constituir civilizaciones en pos de abandonar el estado primitivo de barbarie. Pero ¿por qué? ¿para qué? ¿según quién?


La ilustración se montó en la razón para develar el conocimiento último de las cosas, la ciencia que explica los fenómenos y sus causas, todo lo que puede ser verificable. Por otro lado, la industrialización nos dotó de herramientas cada vez más complejas en sus funciones operativas para diseñar y transformar el mundo y nuestra experiencia del mismo a través de las tecnologías.


El Progreso de la ciencia, de la humanidad, de la técnica y del pensamiento nos liberaría de las ataduras arcaicas, remilgos del espíritu o de la conciencia, principalmente el miedo, para que por fin el hombre tocara el arpa junto a Apolo en la cima del Olimpo.


El descubrimiento de la linealidad temporal y la multiplicidad de saberes, racionalidades e historias, sin embargo, abrirían la puerta a una espiral similar al oráculo délfico que revelaba nuestros destinos.


Pero se trataría de una espiral ascendente, ya no del tiempo cíclico, tampoco del lineal, pues si bien, ascendemos en esta espiral, su forma nos dice que aprendemos de nuestros errores para perpetuarlos.


Aquellas promesas de felicidad, humanidad, libertad, igualdad, solidaridad, bienestar, progreso, se han derrumbado una a una como rascacielos en los que impactan aviones tripulados por cientos de personas.


En pos del progreso, del engrandecimiento humano y del empecinamiento, también humano, de cimentar una nación como imperio, el avión y la torre se abrasaron en un instante de fuego aquel 11 de septiembre de 2001 para develar la verdadera cara de la técnica, su cara racional, calculadora y, repito, radicalmente humana: la salvaje.


Esa fecha relaciona algunos eventos de importancia a lo largo del siglo XX, como el ya mencionado derrumbe de las Torres del WTC por ingenio del terrorismo (sea de Estado, mediático o ideológico) en 2001; la caída del gobierno y muerte de Salvador Allende en 1973, y en 1888, la muerte del escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento, recordado por sus ideas de progreso, por haber hecho de su experiencia periodística un proyecto político en búsqueda de la modernidad, y por crear una de las novelas más importantes de nuestra América Latina que funda en nuestra tradición el tema que hemos venido tratando con la obra Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga y aspecto físico, costumbres y hábitos de la República Argentina, publicada por entregas en el periódico El Progreso, a mediados del siglo XIX, cuando Sarmiento se encontraba exiliado en Chile.


En ese libro, Sarmiento conmina al rechazo de la barbarie para construir la civilización en nuestros países. Su proyecto político planteaba que para lograrla hacía falta emprender un proyecto educativo de gran envergadura y visión. Sin importar nada. Muy claro, aunque también muy radical.

¿Somos civilizados? ¿En qué sentido y cómo? si somos capaces de planear metódicamente nuestras más cruentas mezquindades y de ocultar con una precisión envidiable nuestras más oscuras intenciones.

Vale la pena reflexionar en torno de la vigencia del debate civilización y barbarie, hoy día que el mundo ha caído víctima de la aceleración y la intensificación de emociones deponiendo los grandes valores con los que aspiraba a ser mejor, aquel mundo en el que la pesadez y los afectos no sucumbían ante la ligereza, la insensibilidad y la fuerza de lo efímero.


Valdrá la pena la reflexión, si todavía nos estremecemos al recordar aquella imagen, que por salud mental es recomendable no volver a ver pero tampoco olvidar, en la que un avión se perfila para calzar con exactitud unas cuantas fracciones de segundo antes del impacto, en el costado metálico de uno de los edificios más grandes construidos por el ser humano, aquella mañana del 11 de septiembre de 2001, la fecha que clausuró un mundo.

4.8.08

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Solzhenitsin, la muerte de un sujeto


En Archipiélago Gulag denuncia los horrores del estalinismo


Con la muerte de Alexander Solzhenitsin, Premio Nobel de Literatura en 1970, se pierde parte del anhelo de movilidad de masas de la primera mitad del siglo XX, del pensamiento crítico, la rebeldía y la franqueza de alguien que vivió la tortura en carne propia.

Se trata de la muerte de un sujeto en una sociedad de masas que hoy es una sociedad teledirigida y sin oposición. Al hablar de sujeto entendamos una función y no un individuo: la función del pensamiento. Sujeto, pues, es el individuo que reflexiona sobre la realidad.

Solzhenitsin se incorporó en 1941 al ejército soviético como soldado y en 1945, siendo capitán en la Rusia oriental, fue arrestado bajo la acusación de propaganda antisoviética, al serle interceptada correspondencia que cruzaba con un amigo, en la que ambos criticaban abiertamente la política de Stalin.

Es condenado a ocho años de prisión y más tarde sería enviado a un gulag (siglas de la denominación soviética de la Dirección general de campos de concentración).

Ese fue el resultado de su disidencia y critica a un cerrado sistema totalitario, uno de tantos que a lo largo del siglo XX en Europa y América latina azolaron a la sociedad pensante.

Justo después de la década en la que se abría el férreo sistema político del estalinismo en la URSS, la dura maquinaria de estado denunciada y desarmada por el XX Congreso del PCUS, con Nikita Kruschev a la cabeza, se publica Archipiélago Gulag, con la que Solzhenitsin se sirve de su experiencia propia para describir la “trituradora de carne humana” que lo había atrapado junto con millones de compatriotas soviéticos, como una especie de homenaje y tributo a ellos, la gran mayoría campesinos y trabajadores.

Solzhenitsin escribe en Archipiélago Gulag lo siguiente: Ya en la primavera de 1918 fluye una incesante riada de socialtraidores, una riada que duraría muchos años. Todos estos partidos – socialistas revolucionarios, mencheviques, anarquistas, socialistas populares – estuvieron haciéndose pasar por revolucionarios durante décadas, ocultos bajo una máscara, y si habían estado en presidio era también para seguir fingiendo. Y sólo bajo el impetuoso cauce de la revolución se descubrió la esencia burguesa de estos “socialtraidores”.

Cuando apareció Archipiélago Gulag, el sistema soviético era sólido y libraba una guerra sin cuartel contra Solzhenitsin. Un sistema que prometió revolución y finalmente otorgó represión y crimen.

A partir de 1966 el nombre de Solzhenitsin fue silenciado y su producción ocultada. En 1974 sería expulsado de la Unión Soviética, consumando así la mayor tortura que puede cometer un estado totalitario contra un escritor: condenarlo al silencio y por tanto, al olvido.

Solzhenitsin se mantendría como un autor de una inteligencia, franqueza y humildad notables. Cautiverio y enfermedad marcarían la literatura de este escritor, capaz de indagar en la experiencia personal y en sus propios demonios para entender la historia y la condición humanas.

Por eso se metía en la entraña de su propia enfermedad. Esa es la razón por la cual en sus novelas integra salas hospitalarias o celdas, pabellones de cáncer o campos de concentración, enfermedad o cautiverio.

“Hubo un filósofo que afirmó –escribe Solzhenitsin- que si el hombre no padeciese enfermedades no conocería sus propias limitaciones”. Parecería decirnos que todo el sufrimiento y la barbarie no deben olvidarse sino servir para el futuro del hombre.

Su muerte abre una herida incurable en tiempos en los que un nuevo fantasma recorre el mundo: una especie de ética cuyo fin es la retirada del pensamiento, una nueva forma de vivir en el confort de lo ligero y en la expansión del conformismo televisivo.