Alejandro Flores

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13.10.08

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Los gérmenes del narco

El vuelo, de Sergio González




Las décadas de los 60’s 70’s marcaron el fin de una civilización revelado en un doble sentido: la conciencia ecológica en torno de los límites del crecimiento y la aceleración del tiempo aunado a la gran Revolución tecnológica.


Dentro de este doble fenómeno se iría perfilando la liberalización de los mercados, se diversificaría la producción de racionalidades, es decir, los puntos de vista distintos sobre la historia, además el avance de la globalización poco a poco borraría las fronteras, para generar ahora un nuevo modo de producir sociedad, marcada por el ritmo del poder militar de los Estados Unidos, es decir, una nueva etapa del capitalismo, más salvaje.


Así pues, en los 60’s-70’s el mundo experimentó un giro radical que marcaría el futuro de la humanidad, el futuro aciago al que en estas horas nos aproximamos con la total certeza de que es sumamente incierto, porque en la competencia especulativa de los mercados se marca el ritmo de las sociedades de nuestros días.


Un símbolo de esa transición de civilizaciones sería el Sputnik, que daría la vuelta a la Tierra por primera vez; otro símbolo es el crecimiento de actividades delincuenciales con alcance intercontinental, como el narcotráfico.


Y la aparición de nuevas categorías en torno de los inicios del neoliberalismo: liberación del individuo y atenuación del pensamiento, nutrimentos centrales del hampa y el crimen.

En esa coyuntura mundial es donde parte la historia de El vuelo (Mondadori, 162pp), la más reciente novela del escritor y periodista mexicano, Sergio González Rodríguez.


La novela cuenta la vida de Rafael Asunción Vizcaya, un joven que azarosamente se ve inmerso en el negocio del tráfico de drogas y poco a poco, sin darse cuenta, será atrapado por ese remolino ante el cual es impotente. Un remolino que también es una bola de nieve porque un hecho simple, una vaga concesión por parte de este personaje, lo convertirá en avalancha. Esa vida “cómoda” a la que habrá accedido, finalmente lo llevará a reaccionar de un forma violenta mostrándose así en su complejidad y amplitud netamente humana.


Rafael Asunción Vizcaya es un muchacho común y corriente, de 30 años, que le gustan los toros y el box, nunca ha consumido ni consume drogas pese a ser traficante de cocaína y su libro de cabecera se llama El despertar de los dioses.


En el desarrollo de la novela podemos descifrar un ambiente de negocios que se mostrará en su caótica red de interacciones, en las que se encuentran todo tipo de intereses, luchas por el poder, códigos de honor y traiciones, hombres poderosos y vasallos, países pobres y ricos, consumidores o productores, fronteras ficticias y degradación institucional, social y gubernamental. Algo que se parece mucho al México violento de nuestros días.


Si bien el narcotráfico es el sustento que da pauta a la obra, no es el único tema de la novela. El planteamiento de la misma es mucho más complejo, porque si bien es una crítica a la sociedad que desculpabiliza la esfera del placer y banaliza la reflexión en torno de los efectos de las drogas y es una crítica al poder que ha amparado al crimen organizado y facilitado el andamiaje de una delincuencia formalmente aceptada al interior del propio sistema, también es la interiorización individual de un drama social que hoy cobra particular vigencia.


Es el drama de un individuo concreto, con nombre y apellido, determinado hasta cierto punto por su entorno inmediato y por las condiciones que se ve obligado a enfrentar.


El drama interno de ese individuo concreto se revelará en su incapacidad para entender lo que está pasando a su alrededor, una especie de Joseph K pero que ahora hace las cosas por inercia, ya no es el individuo que se cuestiona para entender, es el hombre que no puede liberarse y se conforma con sufrir menos. Curiosamente él no se evadirá por medio de la droga. Pero sí será un facilitador de esa “dicha efímera y al alcance de la mano” (SGR, p25).


Sergio González, con El vuelo, aporta una reflexión no como pretexto coyuntural para buscar un impacto de ventas, sino como una necesidad de abrir todos los sentidos ante un fenómeno que si bien atenta contra la sociedad, es producto y resultado de la misma, de sus vicios y de sus deseos más oscuros, un tema de plena actualidad abordado de forma ejemplar.


Por eso es importante leerla cuando México pareciera estancarse en una barbarie maquillada en los noticieros de televisión que se encargan de montar la ficción que reduce todo a una simple lucha entre buenos y malos, la ficción favorita de melodramas y caricaturas.



Sergio González Rodríguez

El vuelo (2008)

Mondadori

224pp

$161.

27.8.08

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Escribir me enferma

A wevo, padrino, de Mario González Suárez




Para el escritor mexicano Mario González Suárez, la literatura es una indagación pesada que exige al escritor no ser ingenuo sino valiente para aproximarse al abismo de lo real, aún sabiendo que la consecuencia física de este ejercicio es enfermar.


Sobre la escritura de su última novela, A wevo, padrino, menciona que "hace años yo trabaja de noche, fumaba y bebía mucho. Pero ahora todo lo he hecho en la mañana, con la luz del sol". Y es que "tiene partes que son muy macabras y muy fantasmagóricas. Y prefería tener la luz del sol para resistir todo lo que estaba viendo al escribir una novela así”.


Por eso ahora "me voy a dedicar a descansar y a trabajar en un proyecto fotográfico. No quiero saber de literatura por un buen rato. Me dejó exhausto, me dejó muy harto”, comentó.


Agregó que no podría volver a escribir una novela como ésta, “porque te destroza todo”.


“Cuando acabé una de las versiones de esta novela terminé en el hospital con una infección intestinal”, producto de la tensión física al momento de escribir.


Nada ingenua, A wevo padrino, es una épica que relata las gestas internas del mundo del crimen y sus repercusiones en la vida de un individuo.


Ese “tema” es naturalmente épico, lo que le permitió explorar la parte heroica. “Yo creo la primera exigencia que tiene un escritor es una exigencia ética, una exigencia literaria, no ser ingenuo y esto significa no creer que el mundo está dividido en buenos y malos”, lo cual implica asumir una postura crítica y no indiferente.


“Este mundo maniqueo, hipócrita, de los medios, supone que hay unos que son buenos y otros que son malos”.


“Ser maniqueo, ser manipulador, ser hipócrita, eso es ser ingenuo y pensar que hay una rayita que permita distinguir lo negro de lo blanco. Yo creo que la sociedad como las personas somos mucho más complejas”.


El narrador de la novela, el héroe, es muy silvestre pero muy sensible, un hombre que anda al ras de piso, que viene de ahí abajo y que padece los avatares del mundo y el México actual tan violentos.


A wevo padrino también es una indagación sobre el destino, en la que los personajes tienden a hacerse preguntas sobre el sentido de la vida y sobre cómo han llegado a donde están.


González parte de lo inesperado o las trampas de la vida para investigar cómo todo esto conduce a un individuo sensible y con ganas de superarse, a encontrarse atrapado y sin salida en el mundo del crimen organizado.



A la manera de varios autores para quienes la novela es una investigación y una indagación sobre la vida y sobre la realidad, González cree que “estas indagaciones forman parte tanto del carácter del artista como de la justificación del arte”.


“Para mí es importante como artista tener un compromiso ético de no suponer que es real lo que nos venden como tal el poder político y los medios de comunicación”.


Y de esa manera explotar las formas no convencionales de abordar la realidad. Por lo mismo, Mario González hace uso de la oralidad para construir el cuerpo léxico de esta novela, y se permite escribir las palabras como suenan, intercalar continuamente “groserías” en la narración y aprovechar la w, una letra olvidada por la norma oficial.


“Hay escritores que son intelectuales y otros que son artistas, el que es intelectual cree que sabe cómo es la realidad, comulga con la realidad que dan los medios y tarde o temprano” asume el discurso oficial.


Por su parte, “el artista no sabe lo que es la realidad y este reconocer que desconoce el entramado de la realidad es lo que lo obliga a indagar acerca de cómo está hecho el mundo” y cuál es el papel del hombre dentro del mismo.


A wevo, padrino es una novela cercana al público por ser “una historia entretenida, emocionante, una historia de aventuras", que también tiene la facultad de contar una cosa por arriba y otra por abajo. "Por arriba es muy ligera, por abajo es muy densa".


Superficialmente es una novela sobre la violencia y el crimen, en la que pasan muchas cosas. Por abajo es una aproximación violenta pero muy divertida a las entrañas del abismo.

4.8.08

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Solzhenitsin, la muerte de un sujeto


En Archipiélago Gulag denuncia los horrores del estalinismo


Con la muerte de Alexander Solzhenitsin, Premio Nobel de Literatura en 1970, se pierde parte del anhelo de movilidad de masas de la primera mitad del siglo XX, del pensamiento crítico, la rebeldía y la franqueza de alguien que vivió la tortura en carne propia.

Se trata de la muerte de un sujeto en una sociedad de masas que hoy es una sociedad teledirigida y sin oposición. Al hablar de sujeto entendamos una función y no un individuo: la función del pensamiento. Sujeto, pues, es el individuo que reflexiona sobre la realidad.

Solzhenitsin se incorporó en 1941 al ejército soviético como soldado y en 1945, siendo capitán en la Rusia oriental, fue arrestado bajo la acusación de propaganda antisoviética, al serle interceptada correspondencia que cruzaba con un amigo, en la que ambos criticaban abiertamente la política de Stalin.

Es condenado a ocho años de prisión y más tarde sería enviado a un gulag (siglas de la denominación soviética de la Dirección general de campos de concentración).

Ese fue el resultado de su disidencia y critica a un cerrado sistema totalitario, uno de tantos que a lo largo del siglo XX en Europa y América latina azolaron a la sociedad pensante.

Justo después de la década en la que se abría el férreo sistema político del estalinismo en la URSS, la dura maquinaria de estado denunciada y desarmada por el XX Congreso del PCUS, con Nikita Kruschev a la cabeza, se publica Archipiélago Gulag, con la que Solzhenitsin se sirve de su experiencia propia para describir la “trituradora de carne humana” que lo había atrapado junto con millones de compatriotas soviéticos, como una especie de homenaje y tributo a ellos, la gran mayoría campesinos y trabajadores.

Solzhenitsin escribe en Archipiélago Gulag lo siguiente: Ya en la primavera de 1918 fluye una incesante riada de socialtraidores, una riada que duraría muchos años. Todos estos partidos – socialistas revolucionarios, mencheviques, anarquistas, socialistas populares – estuvieron haciéndose pasar por revolucionarios durante décadas, ocultos bajo una máscara, y si habían estado en presidio era también para seguir fingiendo. Y sólo bajo el impetuoso cauce de la revolución se descubrió la esencia burguesa de estos “socialtraidores”.

Cuando apareció Archipiélago Gulag, el sistema soviético era sólido y libraba una guerra sin cuartel contra Solzhenitsin. Un sistema que prometió revolución y finalmente otorgó represión y crimen.

A partir de 1966 el nombre de Solzhenitsin fue silenciado y su producción ocultada. En 1974 sería expulsado de la Unión Soviética, consumando así la mayor tortura que puede cometer un estado totalitario contra un escritor: condenarlo al silencio y por tanto, al olvido.

Solzhenitsin se mantendría como un autor de una inteligencia, franqueza y humildad notables. Cautiverio y enfermedad marcarían la literatura de este escritor, capaz de indagar en la experiencia personal y en sus propios demonios para entender la historia y la condición humanas.

Por eso se metía en la entraña de su propia enfermedad. Esa es la razón por la cual en sus novelas integra salas hospitalarias o celdas, pabellones de cáncer o campos de concentración, enfermedad o cautiverio.

“Hubo un filósofo que afirmó –escribe Solzhenitsin- que si el hombre no padeciese enfermedades no conocería sus propias limitaciones”. Parecería decirnos que todo el sufrimiento y la barbarie no deben olvidarse sino servir para el futuro del hombre.

Su muerte abre una herida incurable en tiempos en los que un nuevo fantasma recorre el mundo: una especie de ética cuyo fin es la retirada del pensamiento, una nueva forma de vivir en el confort de lo ligero y en la expansión del conformismo televisivo.


11.7.08

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Bolaño, escritor salvaje

A cinco años de su muerte


Roberto Bolaño se ha convertido en uno de los escritores más influyentes de la literatura contemporánea en el mundo entero. Este 14 de julio se cumplieron cinco años de su muerte.

Una parte muy importante de su vida y su novela más conocida y aclamada, Los detectives salvajes, transcurrieron en México.

Bolaño nació en Santiago de Chile en 1953. Cuando tenía 15 años llegó a México y en 1973 regresó a su país para luchar por el gobierno socialista de Salvador Allende, pero debido al golpe de estado de Augusto Pinochet fracasó en su intento revolucionario y volvió a México, donde cultivaría la que sería su más grande pasión: la literatura.

Así comenzó el exilio que marcaría el resto de su vida.

Ya en México, a mediados de los años 70, Bolaño era un adolescente romántico, un joven poeta radical que se ocultaba detrás de unos pesados lentes de vidrio con los que intentaba descifrar el mundo y la vida, a la que se aproximaba sin límites.

La ciudad de México fue la cuna de su juventud y precoz adultez, de su vocación literaria y de sus constantes preguntas y reflexiones. Una ciudad que enmarcaría su adolescencia, etapa en la que el concepto aventura lo sedujo de una vez y para siempre.

Las colonias Narvarte, Guadalupe, Roma, Condesa, Centro y Guerrero serían una especie de microcosmos de ese mundo que ansiaba descubrir, y se convertirían con el paso del tiempo en parte de los escenarios literarios con los que daría color y espacio a su narrativa.

En esos años conocería a muchos colegas que como él querían ser poetas y decían serlo. Pero más que escribir poesía, querían vivir como poetas. Esto es más claro si consideramos que la palabra poesía proviene del griego poiesis: creación. Y la creación es continuidad, impermanencia, cambio, movimiento, como la vida.

Entonces, vivir como poetas es vivir sujeto a nada, libre y en continua reinvención. Sin embargo, el problema fue que esos jóvenes no eran del todo poetas y tampoco eran tan libres como aspiraban a ser. Estaban atrapados en sus propias entrañas y en sus propias utopías.

De acuerdo con esos años y los sueños de emancipación que contagiaron a los jóvenes de todo el mundo, podemos entender que la poesía era para estos muchachos, que se autonombraban infrarrealistas, utopía y autenticidad como las dos caras de una misma moneda.

No obstante, aquellos jóvenes, parte del muestrario de toda una generación, ya interiorizaban la amargura de un fracaso por venir. Tal vez por una especie de conciencia sobre lo que está próximo pero que se prefiere evadir.

Bolaño recuperará esa lucha que nació perdida en su obra medular Los detectives salvajes, haciendo una especie de homenaje a esos adolescentes, entre los que él se contaba, que apostaron por una veta posible para alcanzar la autenticidad en este mundo de simulacros.

En la novela, Bolaño los llama realvisceralistas, o sea, los que viven realmente con la víscera, la bilis, la emoción. Para ellos, la poesía era la estrella que iluminaba el mapa de los caminos que debían seguir.

Esa estrella sin embargo confusamente los conduciría al cabo de dos décadas al fracaso.

Por eso, podemos concluir que Bolaño retrata la derrota de toda una generación inspirada por el socialismo, la emancipación, por la libertad y la revolución, una generación que se entregaba a sus ideales sin ningún tipo de concesiones.

Una generación que finalmente no llegó a la Tierra Prometida, sino que poco a poco fue cayéndose para darse cuenta que el terreno es árido y muy parecido al Infierno. Nada que ver con su búsqueda inicial.

Bolaño reconstruye ese camino de utopías y esperanzas en Los detectives salvajes y en toda su literatura. Y lo hace con una crudeza soberana, pues su propia vida fue utopía ligada al desencanto.

Esa actitud ya la esbozaba en sus años mozos, cuando impulsó a sus comparsas a "lanzarse a los caminos", como en su momento lo hicieron Tzara, Bretón o los beatniks estadounidenses.

Así pues, Bolaño propone al lector que asuma la vida como una aventura que se enfrenta sin miedo. Una actitud con la cual, a pesar de saber que la vida es peligrosa, el lector pueda lanzarse a ella con valentía.

Aventura y valentía como los elementos de una misma ecuación, necesaria para quienes aproximándose al abismo sean capaces de volverle la mirada, y no sólo eso, sino sonreírle y bailar la conga mientras sigan aquí y todavía tengan tiempo.